El miércoles 21 nos despertamos tarde, terminamos el café y las Chocolinas y salimos, planilla en mano, a preguntar a la gente qué opinaba del gobierno. Yo nunca había encuestado, pero las preguntas eran sencillas, la gente tenía necesidad de hablar, no solo del país, que por entonces estaba movilizado, sino también del partido que San Lorenzo jugaría esa noche contra los brasileños, y así, pasando de un tema a otro, se podía llegar fácilmente al de los fantasmas.
Veníamos trabajando bien hasta que sucedió una cosa extraña. Llegamos a una Sociedad de Fomento (Vernet 255) y golpeamos. Una señora se asomó desde la ventana de rejas y cuando nos vio se retiró de prisa, como para alertar a alguien. Por precaución nos alejamos una cuadra y continuamos nuestra tarea. Poco a poco notamos como algunas personas empezaban a mirarnos con curiosidad. No podíamos decidir si tenía que ver con la señora asustada, si era simple casualidad o culpa del gobierno, la cuestión es que al rato alguien salió de la Fomento y nos hizo una seña al tiempo que nos gritaba algo que no entendí. Instintivamente tomé a Marisa del brazo y empezamos a correr. Detrás quedaron planillas, lapiceras y hasta un bolso de mano que ella atinó a recoger sin que se lo permitiera. No paramos hasta llegar a mi departamento. Reduciendo la marcha y con la mejor cara de feliz cumpleaños posible, saludamos al portero, que baldeaba la puerta. No esperamos el ascensor. Echamos el resto hasta el tercer piso por las escaleras. Al entrar cerré con llave y corrí a espiar por la ventana que daba a la calle para ver si no nos habían seguido. Cuando me aseguré que no había peligro, subí la persiana y volví junto a Marisa, que se había quedado sin aliento sentada junto a la puerta. Abrazados y ya más tranquilos comentamos las encuestas. Coincidimos en que había un consenso general en afirmar la existencia de los fantasmas. Con más dudas que nunca, me levanté para preparar café. Entonces llamó mi atención un papel blanco que asomaba por debajo del felpudo y que en la penumbra nos había pasado desapercibido.
Era una carta. El príncipe Carlos –sonriendo desde las estampillas- nos indicaba su indudable origen británico. En el reverso se leía: “Mr. Sherlock Holmes. Baker Street 221 b, Londres”.
Rasgué el sobre rápidamente y leí en voz alta:
Estimados amigos:
“Busquen a una mujer de buena presencia y que viste como una dama. Es de nariz notablemente gruesa, tiene los ojos muy juntos y pegados a ambos lados de esa nariz. Es de frente abultada, expresión de miope, y tiene, probablemente, los hombros cargados. No debe de resultar difícil dar con ella”.
Mr. Sherlock Holmes.
-¿Cómo reciben las cartas en tu departamento? -preguntó Marisa.
-Las comunes van al buzón y el portero las reparte luego por los departamentos, para las certificadas te tocan el timbre, bajás y firmás o firma el portero con tu autorización. ¿Esta es común o certificada?
-Falsificada.
-La carta viene a tu nombre pero con mi dirección- advertí.
-Las estampillas son recicladas -respondió Marisa-, el sello que las cubre no continúa en el sobre.
-O sea que ni la mandó Sherlock Holmes (aquí monitoreé la reacción de Marisa) ni llegó por correo, con lo cual, o bien la arrojó un vecino o alguien que entró de afuera.
-Cuando nos fuimos hoy a la mañana no había nada. Estoy segura porque antes de salir acomodé el felpudo en su lugar. Eso quiere decir que alguien dejó la carta entre las once y la una, que es el momento en que estuvimos fuera.
-Vamos a preguntarle al portero si vio subir a alguien.
El portero dijo que nadie extraño había subido o bajado las escaleras.
Comimos casi sin hablar. Vi caer a San Lorenzo por TV mientras trataba de ubicar a alguien que respondiera a la descripción. Marisa elucubraba el posible origen de la carta. No se nos ocurrió nada, no era momento.
Era casi la una. Marisa dijo que se le hacía tarde y comenzó a arreglarse el cabello. Me ofrecí a alcanzarla pero se negó.
-Después de todo tal vez no la dejó un extraño.
-¿Qué?
-Nada. Vos seguí buscando a tu mujer.
Desde el umbral volvió la cabeza y me dijo que tendría una semana atareada y que me llamaría. Luego de un “adiós” serio, alcancé a oírla bajando los escalones, de dos en dos, de tres en tres, y luego desde la ventana la vi perderse en la noche.
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