sábado, 30 de junio de 2012

Prólogo epílogo.

… una multitud (y yo junto con ella, aferrando un manojo de papeles tardíos) se internaba en el cementerio de Flores, llevando a pulso un soberbio ataúd de roble que parecía contener, no el consumido cuerpo de un hombre largamente enfermo, sino varios hombres con todo el peso de sus días y sus recuerdos. El Gordo J y yo empuñábamos las dos manijas de la cabecera, Cristino y el Cano Fernando habían tomado las de los pies. Por las dudas Carlos y Héctor apuntalaban el medio con manos firmes. El suelo estaba resbaladizo y no fuera cosa que... Finalmente llegamos a la fosa recién abierta: el ataúd fue bajado hasta el fondo. Redoblaron primero sobre la caja los terrones amigos y a continuación la multitud obró lo suyo hasta casi no dejar lugar a las paladas brutales de los desairados sepultureros. Arrodillado sobre la tierra santa, El Gordo J. desplegó una bandera azulgrana como quien tiende prolijamente una cama mientras el Cano Fernando aseguraba en la cabecera de la tumba una cruz de metal en cuyo negro corazón de hojalata se leía lo siguiente:

EL PADRINO
R.I.P.

Luego, mientras nos alejábamos de la tumba sacudiendo el barro de nuestras manos, la gente del grupo de teatro me llevó aparte, al pie de un añoso paraíso. Estaban todos, como en tantas despedidas los últimos años en la editorial o la fomento. Fieles, huérfanos, dignos. Cristino tomó la palabra en nombre del resto:
- Porque ya no ha de importarle- tartamudeó.
-“Circe”- pensé instintivamente al escuchar las primera palabras del relato de Cortázar, uno de los muchos que Marisa me había pasado mientras reconstruía esta “crónica”, para “inspirarte y darle un mínimo nivel literario”. Por un momento pensé que irían a representar algo, una de las muchas adaptaciones que tanto le gustaban al Padrino. Un homenaje. Pero no. Era casualidad. Con leve ademán Cristino selló mis labios y continuó:
-Decía que ya no ha de importarle- susurró mirando hacia la tumba aún rodeada de gente-, pero durante todo este tiempo le ocultamos algo. Fuimos unos cobardes. Doblemente cobardes...
-Sencillamente nos faltó valor –agregó tímidamente Gladis buscando refugio en los brazos protectores de Carlos. Comprendiendo mi desconcierto, Cristino resumió:
-El día que empezó todo… en el supermercado. ¿Se acuerda? El día D…
-Sí. ¿Cómo no? Hace años que vengo escribiendo sobre eso- dije, mostrando el fajo de papeles en mi mano. ¿Qué pasó ese día?
-No fuimos.
-Sí fuimos –intervino el Cano cruzándole la mirada.
-Está bien, fuimos –reanudó Cristino concesivo- pero nada más. No hicimos nada.
Ni gritos, ni desmayos…
-Nos faltó el valor –insistió Gladis.
El Gordo J. se había unido al grupo un momento antes y escuchaba a mis espaldas. El estrabismo de Cristino nos abarcaba a ambos sin problemas. Se ruborizó y agachó la cabeza.
-Nada…
-Pero entonces... -agregué incrédulo.
-Entonces escribiste otro género, boludo -filosofó El Gordo, concentrado en encender un cigarrillo–. Te veo en el diario.

Capítulo I.

Soy periodista y la búsqueda de la verdad es mi ocupación. De todos modos yo me pregunto si alguna vez llegaremos a conocerla (a ella, a la verdad) tan sólo consignando, de manera fiel, los hechos.
Nací en la ciudad de Avellaneda en el año 1974. Pertenezco a una familia no oriunda de la zona. Mi viejo provenía de Santa Fé y se instaló primeramente en Barracas, donde logró asentarse como comerciante y luego se trasladó al otro lado del riachuelo cuando su hermano menor (el tío Angel) también emprendió la travesía de la bajada a la Capital. Dije 1974, el año del que sería el último título de San Lorenzo en 21 años. Mi viejo era fanático de Boca y cuando nací luego de anotarme en el Registro Civil corrió a hacerme socio, filiación que mantuve durante seis años hasta 1981 en que tío Angel, cuervo fanático, me explicó las diferencias entre elegir libremente y que a uno le impongan algo. Mi viejo se enojó mucho y al día de hoy sostiene que lo mío fue facilismo, que me hice de San Lorenzo deslumbrado por los festejos del ascenso de 1982 pero sé bien que me convertí el día que tío Angel llegó a casa deshecho en lágrimas mientras mi viejo festejaba y eso fue el 15 de agosto de 1981 y fue la escena más fuerte de mi infancia porque el tío llegó con un tablón del Gasómetro. Se había ido caminando de la cancha de Ferro -donde se había jugado el infausto partido- hasta Avenida La Plata, había conseguido vulnerar las fajas de clausura y forcejeó hasta arrancar un tablón. Después de eso lo cargó como Cristo hasta casa donde llegó a las 12 de la noche. Ese día -y no otro-  me hice hincha de San Lorenzo. Un año después, el día que volvimos a primera, Tío Angel organizó un asado y a la hora de los postres (de los vinos)  filosofó de la siguiente manera: "Vos naciste el año de nuestro último título, pero ese es un título discontinuo, por lo siguiente: San Lorenzo salía campeón cada trece años, a saber: 1933, 1946 (Martino, Farro, Pontoni), 1959 (Sanfilippo) y 1972 (El Ciclón). Antes de eso estuvo el Metro del 68, cuando los Matadores fueron el primer campeón invicto de  la historia, pero ese año fue una yapa, lo mismo que el Nacional del 74. Ninguno de los dos correspondía a un año predestinado. Por ese motivo el año pasado descendimos, porque se cumplieron 13 años de ese título desfasado de la tradición mística. Pero ahora con el ascenso se inaugura un nuevo ciclo y si todo sale bien y el universo recupera su armonía, debería dar la próxima vuelta en el año 1995". Creer o reventar el 95 salimos campeones con el Bambino.  En fin. En 1985, la familia se había agrandado lo suficiente  y nos mudamos al barrio de Almagro. Yo me quedé un año más en Avellaneda con el tío, hasta terminar la primaria, que me quedaba a la vuelta de casa y la cual no quería abandonar porque estaban mis compañeros de toda la vida. Ese año fuimos a la cancha como nunca (por entonces San Lorenzo era local en Huracán) y me quedó como uno de los mejores tiempos de mi vida. Finalmente me mudé con mis padres, cursé la secundaria en el Mariano Moreno e ingresé en la UBA donde estudié la carrera de Ciencias de la Comunicación y me recibí en 1999, ingresando, gracias a los oficios de un vecino influyente  en un conocido multimedios. Realizaba las más diversas tareas: redactor, corrector, tirador de cables, cronista de sucesos, detective en apuros... Me conformaba con el magro sueldo, ya que no tenía compromisos. Pero a los pocos meses, me mudé cuatro cuadras más allá de Victoria y Castro Barros, lo cual hace mucho en Almagro a nivel inmobiliario y, como suele ocurrir en estos casos, casi inmediatamente mi integridad se encontró de patitas en la calle y mi nombre en una flamante y enteramente exclusiva lista negra. Dios podrá existir o no, pero el mundo lo rigen las leyes de Murphy.
Fue un suceso bastante peculiar. Un día me mandaron a asistir a uno de nuestros periodistas estrella -y principal inversor del multimedios- en la cobertura de una nota sobre los travestis del barrio de Palermo. Fue un caso muy sonado y algún memorioso lo recordarà: los vecinos, gente rancia y respetable, denunciaban su presencia en la vía pública y aquellos reclamaban su derecho a ejercer la libertad de trabajo.
Nuestro periodista estrella no solía rebajarse a tales menesteres, pero, al margen del ferviente defensor de las buenas costumbres que era, en esta ocasión lo movía un interés personal: era vecino del barrio y no era difícil advertir que el papel de justiciero mediático (a la manera de azote de los herejes) le provocaba (¡Él le perdone!) cierta vanidad.
Aquella noche, cuando arribó, nuestro móvil fue ovacionado. La puja entre los bandos estaba en su apogeo. De vereda a vereda volaban acusaciones, poses e insultos. En medio de la lid, destacaba por su agresividad una vecina corpulenta y entrada en años que llevaba un maquillaje de apuro y algo sobrecargado. Un carácter histriónico y poco ubicuo me llevó a comentar -en forma ocasional pero en un tono lo suficientemente audible para que cualquiera pudiera oírlo- que ése era el representante oficial de los travestis. Daniel H., el periodista estrella, lo tomó en serio y con cara grave se dirigió a la señora en tan desafortunados términos. Como réplica, fue duramente increpado y una vecina recién llegada de las compras lo agredió con una baguette. Como la nota salía en directo, no hubo forma de cortar nada. Fue un papelón que los programas de bloopers, cual aves de rapiña, se encargaron de magnificar y retransmitir hasta el cansancio. Tanto escándalo por tan poquita cosa.
Siempre sostuve que las bromas, cuando son bien hechas, por regla general no ofenden. Claro que no es tan mecánico ni funciona igual con todos. Daniel H. me echó, acusándome de comunista y amenazó con asegurarse de que ningún medio me tomara ni siquiera para barrer (cosa que eventualmente hacía en el multimedios).
Así despilfarrè una gran oportunidad, según el vecino.
Por suerte le había caído bien al Gordo J, mi actual director y por entonces responsable de la sección policiales del diario (el multimedios manejaba además varias revistas, un canal de cable y una radio), quien me aceptaba colaboraciones, lo cual me ayudaba para cubrir el alquiler, mucho más modesto, de un viejo departamento cerca de Parque Chacabuco.
Después de eso la vida se encauzó en una rutina amable: del departamento a la redacción y viceversa, visita a la casa de los viejos una vez por semana, las caminatas por Corrientes con Marisa buscando textos para la facultad, la pizza de Hugi´s en la Plaza de la República, el bar Astur y los últimos ejemplares de Pomelo Neuss del mundo y la cartelera del San Martín. Así parecía haberse asentado mi existencia en las postrimerías del milenio.
Entonces ocurrieron los increíbles sucesos del supermercado.

Capítulo II.

Una hermosa mañana a comienzos de noviembre de 2001 (exactamente el primero), iba camino del taller a retirar mi viejo Dodge 73 de una de sus frecuentes racaídas. Allí, a bordo de un atestado 165, el rumor llegó a mis oídos por primera vez: algo extraño sucedía en el supermercado de la vieja cancha de San Lorenzo.
El "Gasómetro", el tradicional hogar de San Lorenzo de Almagro, nació en 1915, en la época en que nacían todos los estadios del fútbol argentino, y se inauguró oficialmente el 7 de mayo de 1916  en un 2 a 1 ante Estudiantes. Se erigía en Avenida la Plata al 1700, pleno corazón porteño y por eso fue siempre el más porteño de los estadios, aunque dicen que por aquel entonces Boedo no existía o era parte de Almagro y por eso el nombre completo del club. Poniendo moneda sobre moneda consiguieron comprar definitivamente el predio en 1928, y poniendo  madera sobre hierro en 1930 consiguieron terminarlo. Eso no impidió que en 1929 fuera sede del Torneo Sudamericano junto con River e Independiente; eso sí Argentina jugó allí sus tres partidos porque tenía más capacidad que cualquier estadio, 75.000 espectadores sentados o parados en recios tablones. El apodo de "Gasómetro" se refería a su parecido con unos enormes edificios comunes en la época en la que se almacenaba gas licuado. Dicen que le vino de la época de la mal llamada "Revolución Libertadora" como término despectivo, tal vez porque ya existía el "Monumental" de cemento y en una zona más selecta, aunque no lo superaría en capacidad hasta 1978, luego de la remodelación por el Mundial. Un año después, esa misma dictadura se encargaría de desaparecerlo con la excusa de una autopista que nunca pasó o de demasiados estadios en la Capital o de la decadencia de la estructura. Con la excusa o el argumento que fuera, lo cierto es que el 2 de diciembre jugó su último partido: un empate sin goles ante Boca, que pudo haber sido triunfo si Gatti no le hubiera atajado un penal a Coscia. En los años 60 y 70 fueron célebres sus bailes de carnaval y el 16 de octubre del 73 tocó Carlos Santana con su banda, el antecedente de los mega recitales de River, según el tío, aunque el viejo se ríe y le recuerda que ese día se vino abajo el alambrado y entonces el tío le responde que la cancha, no el alambrado se vino abajo el día que el Bambino le metió cuatro goles a Boca.
-Sí, pero San Lorenzo nunca salió campeón jugando en el Viejo Gasómetro.
-Cierto, dio la vuelta en Villa crespo, el Monumental, Liniers y por supuesto la Bombonera... pero en el Viejo Gasómetro nunca, cuando tenés razón tenés razón.

No pude escuchar mucho porque hice un viaje corto pero recuerdo que pensé en cosas lógicas: saqueos, mercadería a la intemperie, etc. Esa misma tarde, mientras esperaba a Marisa en un banco de Parque Patricios, escuché a dos señoras hablando sobre personas “sorprendidas por fantasmas mientras compraban” y me pregunté si esos no serían los hechos extraños de los que había oído hablar más temprano en el día. Fue terminar de pensarlo y escuchar los nombres confirmatorios de Pontoni, Zubieta, Doval, “el vasco este que debutó con cuatro goles... Lángara”. Era como si el Viejo Gasómetro reclamara la atención que se robaba el Bajo Flores, en momentos en que San Lorenzo venía de obtener un campeonato (en 2001, vaya uno a saber como jugaría ese dato en la cabalística del Tío Angel) con record de puntos y triunfos sucesivos (trece, uno más que el histórico Independiente de Sastre, Erico y De La Mata) y parecía marchar con paso firme hacia su primer título internacional en la Copa Mercosur. Esa misma noche el “cuervo” jugaba la revancha contra Cerro Porteño en Paraguay. Una semana atrás había ganado 4 a 2. Con el empate o aun perdiendo por un gol pasaría a la semifinal. Como si Boedo no fuera bastante hervidero por entonces, ahora aparecían fantasmas.
Marisa llegó un poco tarde y salimos volando para el Lorange. Ibamos a ver “La lengua de las mariposas”, una película acerca de la vida de un maestro republicano en momentos en que España caía en poder de Franco. Por una cuestión de asociación lógica me vino a la mente el tema “Los Fantasmas del Roxy”, de Joan Manuel Serrat -reconocido antifranquista- que cuenta la historia de un cine de barrio reemplazado por una sucursal bancaria, cuyos clientes, un buen día comienzan a ser espantados por la aparición repentina de las antiguas estrellas de Hollywood. Una forma de revancha, de alguna manera. Pensé que una buena adaptación consistiría en las viejas glorias de San Lorenzo irrumpiendo entre las góndolas y las cajas registradoras, recuperando el espacio que les había pertenecido por medio siglo. Las situaciones eran semejantes: un mundo romántico y popular enfrentado al interés capitalista. Pensé cuánto tiempo resistiría el Lorange antes de ser convertido en un Bingo o la Iglesia del Divino Algo.

Cuando terminó la función le pedí que me acompañara a echar un vistazo. Evaluaba la posibilidad de una nota pintoresca para el suplemento del domingo “El viejo Gasómetro se resiste a morir” o algo así. Por supuesto tuve que explicarle a grandes rasgos de qué iba todo. La ventaja era que, de ser cierto, ella tendría la oportunidad de ver buen fútbol por primera vez en su vida. Resentida hincha de Racing me mostró el dedo mayor pero aceptó. En el fondo sentía curiosidad.
Fui el primer periodista en llegar al lugar de los hechos (la invasión mediática no empezaría hasta la madrugada). Ese día, el movimiento de gente era aún normal. Desde lejos no se advertía nada extraño y no pude evitar reconsiderar los comentarios de la mañana evaluando la posibilidad de haber sacado conclusiones apresuradas, pero adentro, a medida que uno se abría paso, se detectaban algunas personas sin carritos alrededor de las cuales otras -con carritos- se demoraban para quedarse a oír lo que contaban. !Y lo que contaban tenía que ver con eso! Súbitamente me ganó el cerebro el raciocinio occidental y murmuré con algo de desencanto, como quien cae de una nube:
-Esto es una campaña publicitaria...
-¡Ah, no! ¡Yo vine para ver los fantasmas! -dijo Marisa muy decidida y me arrastró a uno de los grupos. Allí, ante la mirada atenta de una docena de personas, un chico decía haber visto a Batman.
-También personajes de historieta. Esto se pone lindo –exclamó Marisa, restregándose las manos. Alguien le aclaró en tono docente:
-El chico habla de Buttice, el arquero del '68, de los Matadores del '68. Le decían Batman, por la forma en que volaba.
-Claro, el Mono Buticce –agregué, pretendiendo redoblar su humillación, pero me salió mal.
-¡No! Ese es Irusta. El Mono Irusta. Buticce es Batman- me retaron.
Resentida hincha de Racing, Marisa no dejó pasar la oportunidad de humillarme.
-Para ser hincha de San Lorenzo no conocés mucho que digamos... En realidad yo sabía que Buticce era Batman.
-¡Eso es mentira!
-En serio... y también sé el apodo del arquero suplente de ese año.
-A ver, ¿cuál era?
-Robin,
Un grupo de jubilados se agrupaba frente al sector de los lácteos. Opté por irme a hablar con ellos.
-Por aquí pasaba la línea lateral, hay que dejar libre el field, córrase, diga -me espetó uno de boina con una Spika en la mano. Otro grupo se ubicaba, según ellos, “detrás de un arco”, otros “a la salida del túnel”.
Les pregunté como hacían para recordar los lugares exactos.
-Se ve clarito, pibe. Mirá esa tribuna repleta.
Como siempre llevaba el grabador encima, recogimos unos cuantos testimonios. La acompañé a su casa, donde recogió unas encuestas mientras yo esperaba en el Dodge.
-Vuelvo mañana- les dijo a los padres que salieron a despedirla mientras yo ponía sonrisa circunstante reforzada con dos bocinazos cortos a modo de saludo, todo lo cual que no les cayó en gracia. Aunque no había tenido nada que ver, no me perdonaban el abandono de Medicina,
Esa noche, en mi departamento, Marisa escuchó los reportajes encantada una y otra vez mientras me tiraba frases descabelladas, por lo poéticas, para mi, ya de por sí, descabellada nota sobre “el hecho increíble del supermercado”que después de varios intentos conseguí enviar por mail al Gordo J. antes del cierre de edición.
Estos son algunos:

Agustín Cudazzo, 53 años, desocupado: “A una vecina la sacaron desmayada. La atendimos allá enfrente, en casa. Acá se lavaron las manos, por el problema de los robos, ¿vió? Bueno, la cuestión es que la cruzan y nos cuenta que estaba mirando unas latas y de repente ve una sombra de bigotes y pelo largo que se le tira encima y le grita 'mía, mía'. Lo último que recuerda es que le dijo 'tome, tome' tirando la lata, y nada más. Dijo que la sombra tenía voz finita. Con esa descripción tiene que ser el 'Ratón' Ayala. Aparte, por esa manera de encarar el área, ¿vio?”

Luis Pacheco, 83, jubilado: “Yo siempre sostuve que el mejor centrojás era Grecco, Salvador Grecco, del equipo del '46. Pero desde que los vi jugar a todos juntos en el Viejo Gasómetro, creo que 'Coco' Rossi lo súpera...y después el pibe Telch. Los de ahora son corredores”.

Ernesto Cazajous, 70, jubilado: “Yo, plata para ir a la cancha no tengo y además la nueva queda lejos en una zona peligrosa. Así que cuando cierran a la noche y quedan las luces prendidas me acerco a la vidriera para ver a Arrieta, Pontoni, Sanfilippo... ya somos varios los que nos juntamos en el Sector Jubilados. El otro día nos echaron. No saben lo que significa para nosotros verlos jugar de nuevo. ¡Qué linda es la cancha iluminada de noche!”.

Yo me acosté temprano pero Marisa se quedó escuchando hasta tarde. En ese momento, le importaba un pito la veracidad o la falsedad de los hechos. Como lectora fanática que era los percibía estéticamente, disfrutaba meterse en esos mundos mágicos, “imaginarios” los llamaba ella. Se imaginaba remontando el hilo de una idea como Poe o asistiendo a una estrevista disfrazada de mendigo, a-la-Holmes. Todo muy lindo pero me empezaba a preguntar qué pensaría el Gordo de mi archivo. Temía que me llamara por teléfono para putearme un poquito.
Al día siguiente, viernes 2 de noviembre, los canales de noticias ya nutrían su generoso estómago con flashes sobre el "SUPERMERCADO EMBRUJADO". Como ya no sería tan fácil husmear sin autorización, pasé por la redacción sigilosamente (Daniel H. acechaba) para hacerme con una credencial. Descubrí que El Gordo estaba encantado con mi primicia. Lamentaba haberle dado un espacio tan pequeño en la sección “policiales”, ya que estaba seguro de que ese día la noticia estallaría en los titulares de las sextas ediciones.

Capítulo III.

Frente al supermercado, acodado en una esquina, queda el bar “La Cancha”. Afuera: cortina metálica y vereda desconchada; adentro: ginebra, pizza y café, y muchos, muchos cuadros de viejas formaciones azulgranas descoloridas por el tiempo y la luz interior. Dos retratos flamantes indican las recientes glorias del 95 y del 2001. Se habla de fútbol, claro, como cuando el Viejo Gasómetro estaba ahí nomás, al otro lado de avenida La Plata. Las voces son roncas por el cigarrillo y los años y te dicen “pibe” con más insistencia que un blues de Manal. Entré allí temprano esa primera vez para esperar a Marisa, que trabajaba de encuestadora en una zona cercana. Pedí un café y aunque estaba vacío a esa hora, me retiré a una mesa rinconera preguntándome por qué el tío Angel nunca me había traído de chico. Era obvio, cuando me empezó a llevar hacía tiempo que jugábamos en Ferro o en Huracán. Pero una vez estuve, la primera y única vez que pisé el Gasómetro, tendría cuatro o cinco años y el mi viejo me había llevado a ver a Boca.  Recordaba dos cosas; una que cuando la pelota salía por la línea lateral bajaba un escalón de unos 10 centímetros porque el campo de juego estaba elevado y la otra la granadina que me tomé ahí mismo, en el buffet del estadio, del partido ni me acuerdo. Admirado por la paradoja de que fuera el viejo y no el tío quien me hiciera conocer el Gasómetro, me quedé pensando en todas las charlas futboleras que habrían tenido lugar en ese ámbito sagrado. Me trasladaba con la imaginación medio siglo atrás y lo veían lleno de sombreros y sacos grises, saltaba veinte, treinta años más acá y veía a la generación de camisas coloridas y pantalones acampanados, la gomina de antes ya no estaba, el pelo se había liberado con el ratón Ayala y la melena más larga de la historia. Epocas y generaciones como capas de recuerdos superpuestas una sobre otra. En las fotos viejas en blanco y negro las tribunas eran de una uniformidad respetuosa. ¿En qué momento surgieron las banderas que adornan las fotos en colores?  Mirando el marco barnizado de los dinteles pensaba en la madera y su capacidad de absorción. Si tan solo hubieran podido registrar el ambiente, tatuajes toscos, bigotes amarillos por el tabaco. Pero había huellas, insolentes o furtivos tajos de navajas que apenas alcanzaban a evidenciar signos, un CASLA bastante nítido y algunos nombres propios, un BAM inconcluso que se me antojaba "Bambino". Pensé que alguna vez en análisis de las maderas públicas podría ser -debería- una nueva rama de la investigación antropológica. Recordé una charla con tío Angel -una de las muchas sobremesas en la casa de Avellaneda- donde me decía que cuando uno es chico y va a la cancha los jugadores son como héroes olímpicos, no meros pataduras traídos a un precio demasiado alto para lo que rinden. "Un jugador,  tiene que tener eso en claro, juega para los que lo putean en la platea pero también para ojitos que los tienen en un plano épico". En esas y otras ensoñaciones estaba (la de imaginar el bar como un bergantín con bandera azulgrana) cuando llegó Marisa con sus carpetas de encuestas a punto de desparramarse apretadas contra el pecho. Le pedí un café y después cruzamos y nos abrimos camino entre la multitud de cámaras, camarógrafos, cables y reporteros. Varios tipos, handy en mano, se comunicaban entre sí ¿Para qué? ¿Qué dirán? ¿Justifica eso la seriedad? ¿Se sentirán importantes? Todas estas preguntas me las susurraba Marisa al oído mientras yo trataba de ponerme serio ante el personal de seguridad. Uno de ellos llegó a atisbar una semi-sonrisa en mi rostro y creo que pensó en echarme pero, por algún motivo (tal vez una cara angelical a mis espaldas), cambió de opinión y nos dejó pasar.
Adentro el panorama era similar. La gente del supermercado parecía un poco molesta para que se tratase de una campaña publicitaria. Los de seguridad pretendían desalojar a todos aquellos que no estuvieran allí con evidente intención de compra, algo difícil de comprobar. Era como amenazar a chicos que se portaban mal. Empleados en mangas de camisa y con corbatas flojas explicaban a quien quisiera oír que en realidad “no pasaba nada”.
Un hombre alto y fornido pero de cabeza pequeña y con abundante jopo nos salió al cruce y miró atentamente mi credencial.
-Soy el encargado, un gusto. Supongo que están aquí por los rumores de los fantasmas.
Nos miramos, sorprendidos por su perspicacia. El otro ametralló:
-Hace varios días que se viene hablando del tema. ¿Ustedes vieron algo? Yo no ví nada, los empleados tampoco. Lo concreto es que aquí hay individuos que con pretextos ridículos invaden el lugar, no sé con que intenciones... -aquí nos dirigió una mirada cómplice, del tipo “ustedes entienden lo que quiero decir” y como permanecimos impasibles agregó -Es decir...no son clientes habituales -y lanzó una nueva mirada significativa.
-¿Usted sugiere que hay activistas detrás? -pregunté por fin.
Aquí lanzó una tercera mirada significativa, y como éstas consistían en una mezcla de inclinación de cabeza con fruncimiento de labios, me pareció un perfecto idiota, por lo cual me fui a mezclar entre la gente a ver qué se hablaba, Marisa se quedó, cuchicheándole algo.
Los comentarios no anunciaban nada nuevo. Eran charlas de amigos sobre el “Lobo” Fischer, el “Beto” Acosta, el “Vasco” Zubieta, el “Manco” Casa. Un hombre calvo disertaba sobre arbitrajes parado en un cajón de vinagre. Todos decían que alguien había visto, que alguien les había contado, pero en definitiva, ningún testimonio de primera mano, muy sospechoso. Decidí que ese sería el enfoque de mi siguiente nota, la titularía “Los fantasmas de la duda”.
Volvimos al bar. Entre cerveza y maníes, Marisa mencionó La invención de Morel, de Bioy Casares.
-¿Qué es? ¿Un libro de ciencia?
-Ciencia ficción. Hay una máquina que proyecta figuras tridimensionales previamente grabadas.
-Y las mirás con anteojos especiales.
-No, tarado, las ves como personas auténticas, sólidas. Lo que pasa es que, después de un tiempo, como la cinta no es infinita, empiezan a repetir los mismos movimientos una y otra vez. Bueno, leéla.
-¿Vos decís que las del súper son proyecciones?
-¿Qué se yo? ¿Vos viste algo? Yo no vi nada.
-Parecés el encargado.
-Andáte al cuerno.
Entonces, un hombre pequeñito, de ajado saco y moño, que hasta entonces leía tranquilo en una mesa aledaña se levantó y nos encaró:
-Ustedes son meros seres de papel. La única real es ella. Es decir, debe serlo, tiene que serlo. Escúchame con atención, joven predicador. Todas las cosas visibles, muchacho, no son más que máscaras de cartón. Pero en cada evento (y, desde luego, en el hecho de vivir) hay algo desconocido, pero siempre racional que proyecta los trazos de su rostro a través de la máscara irracional. ¡Si el hombre quiere herir, que lo haga a través de la máscara! ¿Cómo puede un prisionero escapar, si no es a través de la pared de su prisión? Para mí, la ballena blanca es esa pared que avanza hacia mí. A veces creo que nada existe aparte de ella; pero es bastante.... ¡Mozo¡ Un feca.
Se sentó y siguió leyendo. Marisa me preguntó por lo bajo si la había llamado “ballena”. Me encogí de hombros. Después le dije que no, que no me parecía, pero no estaba seguro..

Capítulo V.

Me costó acomodar el Dodge en la playa de estacionamiento. No tanto porque estuviera llena de vehículos sino por la desorganización. El lugar seguía atestado de gente, pero el clima era diferente al del día anterior. No había relatos fantásticos ni personas agrupadas cuchicheando; solo curiosos a la espera de algo, mezclados con los clientes “como Dios manda”.
En cuanto entré, el encargado surgió mágicamente, me tomó del brazo -para mi sorpresa- y me llevó aparte. Parecía asustado, mirando a un lado y otro.
-La chica tenía razón -dijo confidente.
-¿Qué chica?
-La que vino con usted el otro día. Me dijo que se prepara un levantamiento popular.
-¿Le parece?
-No hay duda.
-¿No es un truco publicitario?
-¡Ay! ¡Por favor! Otro más con esa historia. Le juro por la virgen que no. ¿Para qué lo necesitamos? No. Esto es otra cosa. Es la revolución. Como en la época de Alfonsín.
-Bueno. Me parece exagerado. Yo no veo saqueos.
-No, claro, son los momentos previos. En cualquier momento estallan.
-No creo que sea para tanto. ¿No se le ocurrió revisar el sistema de video?
-¿Para qué?
Le expliqué mi teoría.
-Subamos a revisar todo, pronto- dijo sin soltarme.
Un minuto después estábamos encima de la estructura metálica que sostenía los innumerables tubos fluorescentes, parlantes y cámaras de video. Una débil línea separaba el mundo de las luces, las ofertas y las demandas del de las sombras, la suciedad y las telarañas. Unas vigas de hierro pintadas de rojo indicaban el camino por donde se podía transitar.
-Si pisa en otro lado, se cae -dijo -y son unos cuantos metros.
Vacilando, avanzamos sobre aquel inmenso páramo metálico cuyos límites no alcanzamos a verificar hasta que nuestros ojos se acostumbraron a la relativa oscuridad. Como los cables iban por dentro de canales de chapa, no fue mucho lo que pudimos ver. Por lo demás, todo parecía normal.
Entonces me pareció percibir algo a nuestras espaldas, el sonido de una soga silbando en el aire o algo así. Le comenté al encargado que escuchó con suma atención. Luego, el rostro se le iluminó, como si acabara de recordar algo.
-Hay alguien ahí que se queja -dijo -quizá sea un herido... ¿Oyó usted?
-No.
-¡No se mueva! -dijo de modo tan repentino que me sobresaltó. Se quedó unos segundos concentrado y finalmente se sentó abatido.
-Es preciso que usted lo sepa todo aquí -dijo sorpresivamente. Hace años hubo un empleado llamado Boquete, al cual despidieron por un faltante de dinero. Yo conocía al verdadero ladrón, pero era un “intocable”.
-Boquete fue un chivo expiatorio.
-Exacto. Yo hice el trabajo sucio. Lo denuncié y me ascendieron por eso. Soy un traidor, un inmenso traidor.
-¿Y qué tiene que ver eso con los fantasmas?
-Boquete se suicidó. Apareció colgado aquí arriba. Fue el día que cambiaba el gerente general. Hacíamos una pequeña fiesta para agasajar al entrante. Yo estaba en el despacho cuando vi entrar de pronto a Mercier -el administrador- todo azorado, quien me dijo que se acababa de encontrar ahorcado aquí mismo, entre el tablero de luces y un viejo cartel de propaganda, el cuerpo de un hombre. Yo exclamé “!Corramos a descolgarlo!” Bastó el tiempo invertido en bajar las escaleras, para que, al llegar, el ahorcado no tuviera ya la cuerda.
-Sigo sin entender.
-Está claro. Es él, es su espíritu.
Me costaba entender de qué manera su delirante relato se vinculaba con las imágenes. En realidad me costaba entender como había terminado allí. Al final dije, como para decir algo:
-Pero los fantasmas son decenas. Todos los jugadores de San Lorenzo.
-¡Él los dirige!
-¿Boquete es el DT?
-No, quiero decir que él maneja las cámaras de video. No me mire así, lo presiento. ¡Soy medium, tengo visiones!
-Mi rostro adquirió la expresividad de un atún. De pronto, me tomó por los hombros y comenzó a zamarrearme.
-Vos tenés que escribir algo así - me tuteó-. Yo tengo datos, datos precisos.
-Honestamente no creo en historias de aparecidos -dije, algo molesto, mientras espantaba su insistente mano de encima mío. Miró alrededor como para asegurarse de que estuviéramos solos.
-Yo tengo otros datos -dijo misterioso. Tengo documentos, documentos que prueban todo lo que está pasando ver-da-de-ra-men-te...
-Entonces... lo de los fantasmas no es verdad. Es decir, no es cierto que usted cree en todo eso.
-Vos confiá en mí y vas a tener la primicia.
-Pero, al menos, déme una pista.
Me miró fijamente un momento. Parecía dudar.
-Aquí no. No es seguro. Ahora bajemos –dijo arrastrándome otra vez- que la altura me apuna. Dispersémonos cada uno por su lado. Ah, me olvidaba. No tenemos que volver a vernos por acá, es peligroso. Dame tu número.
-¿Cuál es su nombre? –inquirí mientras le extendía una tarjeta
-Cristino, por supuesto. Cristino Daer.
Una vez en el bar, revisé el minigrabador. Había registrado todo. Marisa llegó disculpándose por la demora. Había pasado por el correo a depositar la carta a Sherlock Holmes. No hice comentarios. También había hablado con un compañero que tenía contactos con las agencias de publicidad y ninguna admitió estar trabajando actualmente con el supermercado. Es más, estaban intrigadas por saber quién había hecho lo que ellas -en ese primer momento de impacto mediático- consideraban un golpe maestro. Todas sospechaban de todas, pero ninguna se lo atribuía. Le hablé de mi entrevista con Cristino y se sorprendió al escuchar lo de los saqueos. Ella jamás había mencionado nada por el estilo. En cambio le interesó la historia del ahorcado -le sonaba de algún lado, de algo que había leído- y me pidió el cassette. De pronto, se puso seria.
-¿Qué pasa?
-Ahí en la mesa de enfrente. Me parece que nos miran.
Sí que nos miraban. Era un grupo de unas diez personas. Yo había notado algo raro pero no acertaba a darme cuenta qué era. Entonces lo supe. Eran demasiado silenciosos para ser tantos. O sea que posiblemente hacía rato que nos estaban observando. Marisa me señaló a uno como parte de los que habían estado hablando con la gente el día anterior. Era alto y corpulento, calvo pero con abundantes canas en las sienes. Llevaba barba pero no bigotes y tenía una forma particular de arrojar el humo -arriba y hacia los costados- que le daba un aire de arrogancia.
-Y vos que sos una bocona -dije, exagerando la alarma-. Deben ser de alguna secta secreta y por tu culpa nos van a asesinar.
-Y bueno, nene... encima que te ayudo... -respondió un poco asustada mientras juntaba sus cosas.
Dejé la plata en la mesa, propina incluída, y salimos, escrutados fríamente. La acompañé a encuestar para que no se sintiera sola. Luego fui a la redacción a armar la nota, en la cual incluí algunos de los reportajes del primer día. Vino El Gordo con las sextas ediciones. En todos los titulares figuraba la palabra “misterio”. Le comenté mi charla con Cristino y le interesó. De todos modos habría que verificar la fuente. Discutimos el perfil de las futuras notas y acordamos que la hipótesis del sistema de video se ajustaría bien al estilo del diario.
Al salir, me encontré con el lector loco del bar. Casi me asaltó a la salida y como lo ignoré me gritó a mis espaldas:
-Vuestro dios debe ser un verdadero cretino para refritar tales historias. ¿Eh, Doctor Frankenstein? Que se sepa, que se sepa.
-¿Qué historias?
-Veremos, veremos, después lo sabremos. Dáme veinte para el colectivo.

Capítulo VI.

Transcurrieron unos días sin novedad mientras esperaba noticias de Cristino. En ese lapso me dediqué a relevar el barrio. Llené varios cassettes con testimonios de los vecinos. Algunos confirmaban lo que era a todas luces imposible: que los fantasmas existían, que ellos los habían visto. Poco servía para mis notas, que pretendían precisamente demostrar lo contrario. Éstas sentaron una de las líneas de investigación de la policía y yo agregué nuevos condimentos planteando sagazmente que, si se trataba de proyecciones, la de los jugadores más viejos debían haber sido filmadas mucho tiempo atrás y por lo tanto tendrían que verse en blanco y negro. Alguien respondió -también sagazmente- que con las modernas técnicas digitales se coloreaba cualquier cosa. Otra pregunta conflictiva: ¿Qué pasaba con los rivales? A partir de allí se generó una disputa entre los testigos. Algunos afirmaban que las figuras repetían movimientos de viejos partidos: “Vi el gol de Scotta a Boca en el octogonal del 74. Sí, ya se que se jugó en otra cancha, pero era ese gol, zapatazo rasante desde la punta derecha, faltaban siete minutos y nos pusimos 1 a 0. Ese torneo fuimos campeones”.
Periodistas especializados en investigaciones tomaron el caso en sus espacios televisivos. Uno de ellos afirmó que los rivales podían eliminarse digitalmente, que lo importante era reconocer las jugadas como pertenecientes a partidos en su momento grabados. Canal 13 reunió a Macaya Márquez y Enrique Sdrech en un programa donde ambos se sintieron incómodos.
El país entero hipotetizaba. Teorías y contra-teorías basadas en suposiciones, porque en definitiva los peritajes no habían descubierto nada raro en el sistema de video. Entonces se instaló con fuerza la idea de que se trataba de un milagro. Las iglesias del barrio se llenaban de viejitas de negro impelidas por una fe nueva. Herida por mi escepticismo Marisa me llevó un día por las narices a Pompeya a observar desmediatizadamente: “Valió la pena esperar tanto tiempo” nos dijo una que ostentaba una foto del Padre Lorenzo “¿Qué haríamos si alguien no nos ayudara? Si no fuera por mi hijo, pobre, la jubilación apenas me alcanza para los remedios”. La curia estaba alerta porque el barrio hablaba de beatificación y de una procesión inminente. Las santerías decoraban sus vitrinas con velas azules y rojas. Era buen material para Crónica o Popular que a nosotros no nos servía. Nuestro público vivía de otras realidades. Pero había para todos y todos tenían algo entretenido en qué ocuparse y distraerse de los problemas de la política. Era extraño, pero me parecía que en vez de reflejar los hechos, mis notas los generaban. Para empezar no tenía idea de la verdad. Peleaba con Marisa para que sacara Crónica TV porque la idea del milagro –debo confesarlo- era seductora. Poco a poco empecé a arriesgarme e insertar pequeños detalles de mi invención para ver el rebote al día siguiente en los noticieros. Algunos días ni pasaba por el súper. Me manejaba con mi archivo y grabaciones de la TV que me traía Marisa con anotaciones del tipo “hay una petisita que aparece en dos programas con nombres distintos”.
La invención de Morel se convirtió en el libro más vendido y Daniel H. me invitó a cenar. Creo que entonces, yo era feliz. Y como si todo eso fuera poco, faltaba la gran revelación, la nota-bomba de Cristino, quien finalmente, el viernes 16, me llamó para confirmar fecha y hora de la entrevista: el lunes siguiente, a las dos de la tarde en la “Esquina Homero Manzi”. Me venía al pelo porque Marisa se iba con sus padres a Santiago, a visitar parientes e iba a estar solo todo el fin de semana. Ocuparía el inmenso vacío preparando preguntas. En el multimedio nos reunimos con Daniel H. y El Gordo. Habían llamado al súper y verificado que Cristino era, en efecto, encargado. También confirmaron la muerte de Boquete, aunque pidieron que fuésemos discretos por respeto a la familia. Daniel H. quería que la nota saliera en la primera plana del martes. El Gordo era más cauto, quería documentos. En todo caso quedamos en que el lunes les mandaría el material antes del cierre de edición. Esa tarde vino Marisa y le hice escuchar mi conversación con Cristino. Aparte de las risas en insinuaciones procaces me dijo que algunas de sus frases las tenía oídas de alguna parte. Me pido el cassete para escucharla tranquila y también los primeros reportajes que habíamos hecho a los vecinos, dijo que por ahí debía haber alguna pista. Con más nostalgia que ganas ocupé mi tiempo revisando diarios por Internet y hasta encontré un sitio, fantasmas.com, donde me robaban todas las ideas. El sábado vi en TV -y grabé- un panel con personas hablando sobre su encuentro con los fantasmas. Eran los primeros “testigos directos”. Me pareció reconocer a alguno de los de la mesa del bar.

Capítulo VIII.

La primera reacción, luego de una mala noticia, es la pretensión de aferrarse al instante previo. La realidad imperturbada, el mundo seguro en que ese dato no existía. Está ahí, del otro lado del velo mental, como una barca de la que acabamos de caer y que se aleja, lenta e inexorablemente. Un desgarro íntimo en el cual percibimos el momento fantasmal que va del presente al pasado, de la vida a lo vivido.
Hice el duelo por ese instante mientras anticipaba las desagradables consecuencias que la funesta novedad traería. Marisa continuó, algo culposa.
-Cuando habló con vos del ahorcado y todo eso se basó en El fantasma de la Opera, por eso me sonaba de algún lado. Hay frases textuales del personaje de Cristina Daee. Digamos: Cristina Daae-Cristino Daer. La similitud es obvia.
-O sea que ni siquiera es su verdadero nombre- intervine no muy brillantemente.
-Elemental. Lo de la muerte de Boquete alude al asesinato de José Bouquet, la primera víctima del fantasma. Al administrador Mercier también lo sacó de ahí.
-¿Cómo te diste cuenta?
-El viernes a la noche, cuando íbamos en taxi para la terminal de Retiro, nos paró el semáforo justo frente al bar “La Cancha”. ¿Y a quiénes veo hablando lo más campantes? A Cristino y al pelado de barba y sin bigotes. En realidad, el pelado lo estaba regañando de mala manera. Era extraño. Recordé la increíble historia del ahorcado y mis sospechas se acrecentaron. Pensé en la conexión interna necesaria de la que habíamos hablado en tu casa. Pedí volver a casa y recogí varios libros que quería consultar.
-¿Por qué no me llamaste?
-Llegamos a la terminal con el tiempo justo para subir al micro. Papá casi me mata. En Santiago me fue imposible comunicarme porque mis tíos viven en las afueras, en Mailín, y la única cabina que hay en treinta kilómetros estaba rota. De todos modos, en ese momento todavía no tenía nada concreto. Me pasé el viaje de ida y la estadía hojeando libros y escuchando cassettes, para horror de mi familia. Lamentablemente recién en el viaje de vuelta encontré lo que ya sabés. El capítulo se llama “La Lira de Apolo”, si lo querés, lo tenés marcado.
Arrojó el libro sobre la cama mientras yo trataba de no pensar. En la redacción ya estarían procesando la nota de mi consagración... pero viene mi novia y arroja un balde de agua helada que estropea todo. ¿Por qué? Era fácil pasarse dos días de vacaciones, tranquila, sin hacer nada y luego llegar y repartir malas noticias. Es curioso como uno puede -bajo determinadas situaciones - odiar fugazmente, a quien ama.
-¿No se te ocurrió usar un celular?
-Sabés que no tengo. Y es una de las cosas que te gustan de mí, según vos.
-Podías haber pedido uno.
-¿En medio del monte? Es más fácil encontrar un jabalí a rayas.
-En la estación debía haber cabinas.
-Desde la estación te llamé dos veces, una al llegar y otra al irme. Las dos veces me dio ocupado.
-Me resulta difícil de creer.
-A lo increíble en literatura le llaman inverosímil.
-¿Y eso qué tiene que ver con ésto?
-Nada. Igual que tu desconfiaza.
-Vos y yo tenemos problemas de comunicación…
-Sin duda.
Alcé el tubo para llamar al Gordo pero el teléfono estaba muerto. Lo tiré por la ventana y salí corriendo. Marisa me gritó algo pero la dejé atrás sin decir palabra (y fue un error porque al volver ya no estaría). Llegué al supermercado sin respetar un semáforo. Me acerqué a la mesa de entrada y pregunté por Cristino. Se rieron y me dijeron casi que nunca había trabajado nadie con ese nombre tan ridículo. Sin pérdida de tiempo salí para la redacción. Daniel H. estaba en reunión de directorio con sus socios norteamericanos hablando de nuestra primicia.
Seré breve: El Gordo se morfó una suspensión y a mi me volvieron a echar. El teléfono no lastimó a nadie.